De cuando los conciertos eran violentos

En las décadas de 1970 y 1980 los conciertos de rock, al igual que los partidos de fútbol, eran acontecimientos de cierta peligrosidad y donde había bastantes papeletas para salir mal parado.

Hoy acudir a cualquier recital es por lo general una actividad lúdica más. Acuden padres y madres con sus hijos, con sus amigos, etc. Citando a Sly Stoe, es un pasatiempo familiar. Pero no fue siempre así.

A finales de los setenta y en los ochenta, los conciertos de rock eran en la práctica eventos juveniles – cualquiera con más de treinta era visto como un bicho raro– y la violencia estaba a la orden del día.

“Había movida en todos los bolos” recalca Peter Hook, miembro fundador y bajista de New Order y antes de Joy Division. El peor que vio fue en Bury Town.

A diferencia de hoy. El público estaba formado principalmente por chicos jóvenes. Demasiada testosterona para tan poco espacio.

“Comenzó una trifulca tremenda y al final acabé pillando yo . Recibí golpes por todos lados” recuerda con tristeza.

“Era un rollo salvaje en todas sus formas… muy muy agresivo. Imposible de racionalizar”

Una época marcada por la desindustrialización, las luchas obreras y el racismo, con una ultraderecha liderada por el National Front que alcanzó un alto nivel de popularidad, como recuerda Neville Staple de la banda ska multiracial The Specials.

“Eran los tiempos del ‘Ni negros, ni pakis, ni Irlandeses’. Era el National Front contra lo que nosotros representábamos, la unidad,  blancos y negros juntos en el escenario. Por eso nos vimos involucrados en un montón de movidas durante las giras.”

A medida que el tejido industrial se fragmentaba, el viejo modelo socio-político quedó destruido, la conflictividad afectó también a la escena musical que vivió una era de salvajismo sin precedentes en la cultura juvenil.

Si la eclosión del punk en 1977 representó una ruptura con el rock tradicional, también significó la aparición de multitud de nuevas culturas y tribus musicales cada vez más polarizadas.

A principios de los  ochenta convivían psychobillys, soul boys, trendies, góticos, skinheads, rockers y mods, y no de manera pacífica. A ellos les siguieron los new romantics, y los elektros. Diferencias musicales  que se hacían más visibles por el uso de ropas y estilos concretos.

Arrancando los asientos del Rainbow Theatre de Londres, durante un concierto de los Clash y los Jam en 1976.

No había ordenadores, ni internet o redes sociales, los fans se enteraban de las novedades y de las nuevas corrientes a través de fanzines y prensa musical especializada.

De acuerdo el ex periodista de la revista NME, Paul Morley, había demasiada intensidad en torno al mundillo musical “Tus gustos musicales eran un asunto de vida o muerte. Era un compromiso. No solo era afición o inclinación hacía un estilo, era realmente una cuestión de identidad. “

Y si eras un fanático de la música, lo más probable es que emitieras juicios sobre las personas que conocías no en función de su comportamiento o lo que decían, si no de su colección de discos. En 1982, Bernie Woods era mod a los 18 años.
“La música definía quien eras… Te juntabas rápidamente con gente que tenía gustos musicales como los tuyos. Todo el mundo vestía una especie de uniforme en base a ello, así que te podías reconocer fácilmente.”

Esto se extendía a la hora de buscar pareja “si alguien pertenecía a otra tribu urbana, ni te planteabas la posibilidad de salir con él”

Esta paleta de tribus tan diferentes permitía a los seguidores de la música escoger y buscar su sitio entre una multitud de estilos e ideas. Para Clare Grogan, entones una jóven de Glasgow, fue una época de independencia, que le proporcionó suficiente confianza como para formar su propia banda Altered Images.

Los que faltaban para el duro. Los New Romantics.

“Cuando aparecimos era la época de Los Ángeles de Charlie… Así que ese era el canon de belleza entonces, por lo que romper con esa estética y pasar de aquel rollo resultó liberador”

Pero si era liberador a la vez podía ser peligroso, algunas veces de forma absurda.

“Recuerdo ir a un concierto de los Secret Affair en el Rainbow” cuenta Morley “Iba como crítico así que no formaba parte de la tribu urbana que asistía al concierto – que eran mods de la movida post Paul Weller. Salí antes de que el concierto terminase y de repente me atacó un grupo de Skinheads armados con cúters que dieron por hecho que era un mod. Ya en vano cuando caí al suelo con el labio sangrando dije ‘No soy  mod, soy post-punk’ “

Algunas de las tanganas que tuvieron lugar en los conciertos en los 80 venían derivadas de rivalidades futbolísticas, cuando los enfrentamientos entre hinchadas estaban a la orden del día. Peter Hooton, cantante del conjunto de Liverpool The Farm, añade que la violencia está bastante aceptada en la cultura británica.

“La seguridad no era buena. Entones no había cámaras ni cosas por el estilo.  Si que se estaban introduciendo en los estadios pero no había controles en los conciertos o en los pubs. Era totalmente normal ver movidas estando de fiesta y lo acababas aceptando, a veces cosas sin importancia y otras no tanto. Era parte del rollo”

El empleo de personal de seguridad profesional ayudó a que la violencia disminuyese, pero realmente el cambio sobrevino a finales de los ochenta cuando una nueva escena surgió, una combinación entre música electrónica proveniente de Chicago y la droga del momento, el éxtasis. La cultura Rave fomentó que la juventud olvidase sus diferencias y bailasen todos juntos en “el segundo verano del amor”.

Peter Hooton fue uno de los primeros ravers. “No podía creer lo que veía. Todo el mundo estaba feliz… abrazándose unos con otros… de buen rollo. No había ni un problema. Era como una conversión religiosa. Fue tremendo”

La juventud haciendo pruebas de elasticidad al equipo de sonido durante un concierto de la banda escoesa Jesus and Mary Chain en 1985.

¿Y desde entonces? Bueno, sin duda ir a un concierto actualmente es mucho menos peligroso que por aquel entonces.

Peter Hook apunta: “A finales de los setenta y los ochenta, el público que asistía a los conciertos de Inglaterra estaba en casi en su totalidad formado por chavales. Sin embargo en América la cosa estaba más igualada, era más o menos mitad y mitad, mujeres y hombres, y eso hacía que hubiese menos problemas. En la actualidad, también asisten un montón de adultos. Jóvenes y adultos. De hecho yo voy acompañado de mis hijos a muchos de ellos.”

Se podría hablar largo y tendido sobre los eventos de hoy en día orientados al público familiar. Pero no es conveniente mitificar la violencia y  verla con nostalgia. En realidad fue un problema muy serio. Resultado de una espiral de violencia entre distintas tribus urbanas  que se fue de las manos.

Sin embargo es cierto que esa intensidad, esa adrenalina se han perdido y ya no se percibe esa autenticidad cuando asistes a un concierto. Y por otro lado conviene recordar que esa etapa tan problemática, paradojicamente dejó un legado musical sobresaliente.


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