El mensaje implícito de la movida madrileña

Ahora que hasta un ex-indie como Victor Lenore ha sacado un libro atacando a la movida madrileña, recordamos esta anécdota que contábamos hace ya más diez años. Y es que, cuando se recuerda la explosión contracultural que se produjo en este país tras la llegada de la “democracia“, siempre se nos ha intentado vender la “Movida Madrileña” como lo más rompedor y referencial del momento, especialmente desde los medios de comunicación y desde esos “gurús” que construyen la historia de España.

Es de justicia recordar que en esos mismos tiempos muchas bandas de la periferia del Estado se veían avocadas a la marginalidad más absoluta y a utilizar los fanzines, radios piratas y, en el mejor de los casos, los por entonces poco desarrollados medios locales para llegar al público. Pero no solo en País Vasco, (León) y Galicia pasaba esto. Los mismos grupos madrileños como La Broma de Ssatán, La Uvi o Espasmódicos conocieron pronto el rollo elitista y superficial que se escondía detrás de lo que algunos se atrevieron a llamar el “renacimiento cultural de la capital”. Mientras unos copaban los medios de comunicación estatales, otros -para nada menos talentosos- se veían obligados a tocar en casas de putas y en locales de “striptease” que acababan invariablemente destruidos.

La banda de adolescentes frenopáticos Larsen, germen de los Commando 9 mm  dejaron su mala ostia y su rencor mal disimulado en aquella canción “Noche de destrucción en Rockola” -uno de esos templos de la miseria estética-.

Larsen – Noche de destrucción en Rockola

Al preguntarse cual era el mensaje que se escondía detrás de aquella historia, Roberto Moso, cantante de Zarama , contraatacaba en su entretenido libro “Flores en la Basura” diciendo:

«Quienes andábamos en estos en aquellos agitados días no podíamos aceptar el mensaje que subyacía en todo aquel circo que nos querían vender (la movida madrileña). Era como decir: “Vale chicos, Franco murió la transición ha sido un éxito y ya tenemos hasta socialdemócratas en el poder. Ha llegado el momento de celebrarlo. Olvidemos los panfletos y pongámonos guapos, ¡viva la intrascendencia!»

 «Sin embargo, las heridas estaban demasiado abiertas para lanzarse en brazos de la frivolidad»

Este tema está sobre la mesa. No es que idolatremos esos tiempos hasta el punto de reproducir mecánicamente sus batallitas sino que quizás tenemos mucho más en común con aquella época de lo que en un principio se podía pensar:

¿Podemos ser ya amantes incondicionales de la frivolidad y del relativismo? o ¿la subversión sigue siendo nuestra bandera irrenunciable?

Desde nuestro punto de vista, la respuesta está clara. Sin embargo, la brújula está cada vez más diluida.

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