El poli y el minero

La foto:

Eran hombres en bandos opuestos en una de las disputas industriales más agrias del siglo XX. Pelotas de golf, piedras y monedas afiladas volando de un lado al otro, cargas de policías a caballo, y el dirigente de los mineros en huelga de Gran Bretaña, Arthur Scargill, detenido en el campo a las afueras de la planta de carbón de Orgreave, Rotherham, South Yorkshire, fueron algunas de las cosas que sucedieron unos días antes.

Pero por un instante, en un día de junio de 1984 pareció haber una relación entre uno de los agentes de la sólida línea de oficiales en gabardina y un minero que les tomaba el pelo, tocado con un casco de policía de juguete, apuntándoles con los bigotes. Cuando el fotógrafo de The Guardian Don McPhee apretó el botón de su Nikon, los labios de los dos hombres empezaron a moverse; se adivinaba en ellos una sonrisa, no una mueca de desdén.

[Casi simultáneamente The Redskins, la banda de York formada por skins comunistas sacaron su single “Keep on keepin’ on”, su mayor éxito comercial que por supuesto hablaba de la huelga de los mineros ingleses.]

Es una fotografía que ha sido impresa hasta la saciedad: en libros, en revistas, en camisetas y hasta en la cubierta del programa de una obra de teatro sobre la huelga de 1984-5. Pero la relación central en la imagen ha permanecido siendo un misterio.

¿Quiénes eran estos dos hombres y qué es lo que estaba pasando por sus cabezas?

La Batalla de Orgreave

McPhee (el fotógrafo), que murió hace dos años, nunca lo supo. Tuvo de salir corriendo a refugiarse en una parte segura del campo de batalla mientras los 5.000 mineros del piquete trataban de detener a dos convoys de camiones que abandonaban el lugar para repostar gasolina en la acerería de Scunthorpe. Ninguno de los redactores de pies de fotos y artículos que acompañaban a la fotografía durante los años lo supo, y los amigos del minero que recortaron la fotografía original del periódico y la pegaron en el tablón de anuncios de su club social apenas se dieron cuenta cuando la cinta adhesiva perdió el pegamento y la fotografía cayó al suelo y fue barrida.

Hasta que a finales del año pasado Tony Parker, un veterano ejecutivo de la BBC, estaba pensando en ideas para conmemorar el 25º aniversario de la huelga y se cruzó con esta fotografía en Internet. Meses después, tras haber llamado a lo que parecía que eran todos los mineros y agentes de policía en Gran Bretaña que habían participado en la huelga y buscando pistas hasta en Tennesse, fue cuando la colega de Parker, Lucy Smickersgill, desenterró la historia de George “Geordie” Brealy, el minero, y Paul Castle, el policía.

“¡Georgie!”, exclama Graham Howells, el camarero del club social de la mina de Yorkshire Main donde la foto colgó una vez, junto a una más pequeña, que aún está allí colgada, de Brealey como el guardapalos del equipo de cricket de la mina. En la cara de Howell se esboza una sonrisa: “No puedes más que reírte cuando te acuerdas de Geordie.” Jim Cook, que estuvo al lado de Brealey en Orgreave, está de acuerdo: “Si podía hacerte un favor, lo hacía. Siempre tenía una sonrisa en los labios.”

Brealey, sin embargo, murió en 1997, 12 años después de que los mineros regresasen al trabajo en Yorkshire Main en marzo de 1985, con la cabeza bien alta, pero comprensiblemente derrotados tras su desastrosamente fallido último combate. Tenía sólo 53 años. Había sido transferido por breve tiempo a la mina de Maltby cuando Yorkshire Main cerró al año siguiente, pero su corazón se había resentido. Sufrió una serie de ataques al corazón y terminó en una silla de ruedas, incapaz de hablar. Fatalmente, la parálisis se extendió a la garganta y se asfixió mientras comía un sandwich de huevo.

Brealey murió en la casa en la que nació, una casa adosada de ladrillos en Markham Square, una calle del pueblo minero de Edlington, en Doncaster. Su padre había sido minero y su suegro bajó a la mina de Yorkshire Main a los 14 años. La mina lo era todo para la comunidad, no sólo un trabajo, y era eso lo que los piquetes en Orgreave estaban intentando salvar.

“Teníamos una cultura de comunidad en el pueblo minero, un auto-control, mirábamos los unos por los otros, y, de repente, nos vimos arrojados en la guerra de clases de Thatcher, dice el mejor amigo de Brealey, Frank Arrowsmith, quien dejó la minería tras la huelga para convertirse en entrenador en un centro psiquiátrico y que hoy es consejero de salud mental.

“Fue su guerra, no la nuestra”, asegura con unas bebidas frente suyo en el club social con Jim Cook y otros viejos colegas del grupo de Brealey. “[Thatcher] estaba determinada a conseguirlo y perdimos, pero el espíritu de comunidad nos atrapó durante 13 meses. Estaba orgulloso de lo que hice, como lo estaban mis colegas y mi familia. Todavía nos sentamos bien rectos y dormimos con nuestras conciencias limpias.

La viuda de Brealey, Pat, ha tenido una dura vida desde la huelga, pero aún se ríe ante la fotografía de McPhee, especialmente con el casco de juguete, que desapareció en una limpieza de primavera. “Lo consiguió en Cleethorpes”, dice. “Pensamos: tenemos que salir un día de estos con los niños durante la huelga, así que nos fuimos todos en el Morris Minor por la A631. George vio este casco en una tienda y entró directamente y lo compró. ‘¿Para qué lo quieres?’, le pregunté. ‘Es para el piquete’, dijo, y así es como empezó a ‘pasar revista’ a la policía’.”

Brealey había sido soldado antes de intentar trabajar como fontanero y luego bajar a la mina, y empezó a actuar ante la policía una vez tuvo este casco, utilizando los recuerdos de su instrucción como soldado de infantería. “Siempre fue muy valiente”, dice Pat. “Tenía agallas. Tengo otra fotografía de él, del Sheffield Star, ‘pasando revista’ a un policía a caballo en Orgreave.”

El grupo de amigos de Brealey se ríe cuando le recuerdan “pasando revista”. Jimmy Kelly dice: “Era ese tipo de persona, con mucho sentido del humor. Pensamos que lo arrestarían algún día, pero eso nunca ocurrió, sólo conseguía arrancar salvas de aplausos. George fue capaz de levantar una pizca de humor para los miles de mineros allí que luchaban para salvar sus trabajos contra los matones de Thatcher, porque eso es lo que eran.”

Hasta el día de hoy no se oye ni ningún comentario positivo en Edlington de la Met [policía metropolitana, N.T.] de Londres o de la policía de Greater Manchester. Pero hubo otros cuerpos policiales como el de Hampshire y Kent, al que pertenecía Paul Castle.

 

[Esta canción habla de los violentos disturbios sucedidos en los carnavales de Notting Hill de 1976. La gran patrulla policial que vigilaba el carnaval arrestó a un niño de raza negra por un supuesto robo ante lo cual la mayoría negra que participaba de la celebración reaccionó violentamente lanzando ladrillos a los uniformados. Cuando el conflicto explotó los miembros de la banda y sus colegas se unieron a los disturbios. La canción aborda la temática de la lucha de clases y habla de que los blancos también tienen que plantar cara y exigir sus derechos, al igual que sucedió con los mineros ingleses.]

Castle (el policía) es el nieto de un minero de la mina de Kentish, que estuvo en huelga más que cualquier otra, y su odisea desde Orgreave ha sido extraordinaria. Su currículum vitae incluye estancias en pequeñas unidades armadas como guardaespaldas de Mrs. Thatcher y de la reina, y actualmente vive en Tennessee, donde dirige una agencia de protección personal.

Pero desde el teléfono en Nashville, Castle no es la mezcla de John Wayne y Norman Tebbit [un famoso político tory de los 80, N.T.] que uno podría imaginarse. Actualmente luchando contra un cáncer, una de sus primeras reacciones a la historia de la fotografía es decir cuánto siente oír hablar de la muerte de Brealey. Castle no apoyó y sigue sin apoyar a los mineros: no podía soportar su trato hacia los esquiroles. Pero dice: “Las personas humanas decentes son sencillamente arrastradas al centro, como ocurrió en la Primera Guerra Mundial, cuando tenías a los alemanes y a los ingleses combatiendo en las trincheras y a los políticos y generales diciéndoles que hiciesen esto y aquello. Eran leones dirigidos por asnos. Sin tener ninguna simpatía hacia lo que estaba ocurriendo en la gran huelga minera, al mismo tiempo tenías la conciencia de lo que podría ser para aquellas comunidades en Yorkshire. No estoy sugiriendo que estuviese de acuerdo con su línea, pero el trasfondo familiar, como es mi caso, te proporcionaría una simpatía humana.”

¿Fue, pues, el encuentro con Brealey un momento humano? Recordando el pasado, hace 25 años, y con una vida dedicada enteramente al trabajo policial desde que dejó su salario de 40 libras mensuales como carnicero para unirse a las fuerzas de seguridad, Castle no está del todo seguro. Dice: “Si fuese una tercera persona mirando la fotografía diría que es una instantánea tomada en el mejor momento, que está generando un folklore alrededor suyo, y que eso está bien. Resume el sentido del humor británico. Pero recuerdo estar más interesado entonces en la seguridad de la multitud que en tener una conversación con un minero, lo que nos dijeron que no hiciéramos. La fotografía no recoge la gravedad de la época.”

De regreso al club social de Yorkshire Main, otro de los amigos de Brealey, Gary Shephard, comparte las dudas de Castle. “Yo no creo que ahí haya comunicación; George simplemente les estaba tomando el pelo.” “Sí”, dice Jim Cook, quien fue defendido con éxito por el abogado del estado Michael Mansfield ante el tribunal, “estaba tomándoles el pelo, pero fueron lo suficientemente decentes como para cogérselo como tenía que hacerse. Otro cuerpo probablemente se lo hubiese llevado. Tuvo suerte de que no fuese la Met.”

Ambos hombres son al fin conocidos, pero uno está muerto y el otro duda sobre el significado que mucha gente puede haber interpretado de la fotografía de McPhee. Pero hay una pieza más en esta serie de pruebas redescubiertas. McPhee tuvo la idea original para la exhibición en el Lowry y estaba organizándola en el momento de su muerte. Después, su viejo amigo y colega Denis Thorpe retomó la tarea, viendo el proyecto como si se tratase de su testamento. Entre el material que se encontró había unos negativos con toda la secuencia de Orgreave; no un solo disparo, sino cuatro, tomados en un par de segundos. El segundo cuadro es el famoso: “Una geometría perfecta, ‘el momento decisivo’ de Cartier Bresson, una fotografía que te atrapa, haciendo preguntarte qué es lo que va a suceder a continuación”, dice Thorpe. Pero miremos a las dos últimas fotografías de los contactos. En ambas la sonrisa de Castle resalta sobre las caras de póker de sus colegas, mientras Brealey está claramente haciendo el payaso con su “revista”.

 Lo que finalmente ocurrió, en una situación muy negra, pero con unas pocas características preciosas que la redimen, fue una sonrisa, no una mueca. O, como dice Thorpe, “un momento de humanidad, y eso es lo que Don estaba siempre buscando.”

Escrito por Martin Wainwright / Banda Sonora por Sin Punkto Fijo
Traducido por Ángel Ferrero, miembro de Rebelión, Sin Permiso y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.
Enlace:

De canguros y hombres. (Parte I)

Un australiano le calza una hostia a un canguro, es la noticia que recoge la prensa a partir de un vídeo que circula por internet. Dios bendiga twitter, Facebook y youtube, referentes de los medios de comunicación.

No pretendo entrar en el acalorado debate de si el animalico se la merecía o si el lugareño entra con la guardia baja, el dichoso video me trajo al caletre la triste, pero curiosa historia, del pugilismo con osos y canguros, célebre durante los siglos XIX y XX.

Nuestra peculiar historia comienza en un zoo de Philadelphia, el periódico local Phillipsburg Herald, con fecha del 2 de Abril de 1891 relata como un cuidador del zoo que iba a limpiar la jaula donde se

Recorte del Phillipsburg Herald, 2 de Abril de 1891. Con ilustración muy gráfica de como entrenaba Byrne a su canguro

encontraba el marsupial, observó en este, cierta disposición para jugar, pues se levantaba sobre sus patas traseras y sacaba los brazos como si estuviese boxeando, el ilustre cuidador, admirado, se dejó llevar y muy pronto ambos se vieron cruzando manos, dejando para la posteridad una entrañable e indecorosa estampa. Byrne, que así se llamaba el tipo, viendo las dotes del canguro, decidió adoptarlo como pupilo e instruirlo en el arte del boxeo, no sin antes bautizarlo como John L. en honor a John L. Sullivan célebre boxeador de la época. Si todo ocurrió en el mismo día, no hay constancia, el caso que Byrne nos trajo a John L. y en la misma ciudad, casi un siglo después Silvester Stallone nos trajo a Rocky Balboa ¿Casualidad? Sí.

En Australia, como era de esperar, también tenían sus pleitos con estos animales, varios periódicos refieren casi por la misma época de John L. la existencia de un tal Jack “El canguro luchador” “un animal espléndidamente entrenado y que reta a luchar a cualquiera en el mundo”. Todo estaba a punto para que la rueda de la vergüenza ajena comenzase a girar.

Y así fue, la estupidez se expandió felizmente a lo largo y ancho del globo, dando lugar a todo tipo de espectáculos, ferias, circos, protagonizados por canguros con guantes enfundados y que a modo de exhibición, peleaban contra el primer pelarruecas que asumiera el reto. Si bien, según parece, se trataba de eventos que apostaban más por la comicidad que por la violencia, donde la gracia consistía en observar a un animal adoptar roles humanos con cierto desparpajo. Lo cual no quita que varios animales murieran debido a las duras condiciones de los viajes, los espectáculos viajaban por Europa, América o Australia en una época en la que los conceptos de velocidad y confort eran como poco, dudosos, también se dieron casos de muertes por envenenamiento, dejando para siempre la incertidumbre de si se trataron de despistes involuntarios con la dieta canguril o a rivalidades entre feriantes. Hagan sus apuestas.

El fenómeno tuvo cierta importancia, hasta dejó su estela en el célebre Madison Square Garden de Nueva York. El Garden, por el que desfilaron célebres boxeadores como Alí o Holyfield, antes vio a un canguro botando en un conato de pelea contra un boxeador profesional, tal y como recoge el New York Tribune en Junio de 1893Especial antención merece la exhibición de pugilismo dada en el Madison Square Garden ayer por la tarde […]. Tres asaltos fueron disputados entre “Big Frank” y “Tom” Tully también conocido como “Black Jack”. “Black Jack” es un hombre de california llamado a ser una celebridad del boxeo y “Big Frank” es un canguro…” No sigo, ganó el canguro.

A pesar de todo el relumbrón, las modas, como los youtubers, pronto pierden la atención del respetable, y ya para 1900 la gracia de ver a los canguros boxeadores empezó a resultar cargante. No corrieron la misma suerte las peleas contra osos, la historia de estos combates abarca un periodo más largo, y para colmo, sus peleas con humanos eran cosa más seria, donde llegarían a darse amputaciones, muertes y heridas de toda índole… pero eso lo dejamos para la siguiente entrega.

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ESNPC Blog (en inglés)

Corazones Sucios: samurais y conspiraciones en Brasil

cartaz-imigracao¿Qué relación une a Brasil y Japón?  Aparentemente nada del otro mundo. Por cultura general uno se acuerda del entrenador brasileño y borrachín de Oliver y Benji, o de los sopapos que sueltan los mulatos que practican jiu-jitsu brasileño.

Sin embargo, ambos países comparten una historia de amor/odio que incluye éxodos masivos y un grupo terrorista que se llevó por delante veintitrés personas en territorio brasileño.

Empecemos por el final. A día de hoy los brasileños son la cuarta“minoría” presente en Japón, apenas superada por los coreanos, filipinos y chinos. ¿Como se explica?

En realidad, la migración comenzó en sentido contrario. En 1895 el Presidente de los Estados Unidos de Brasil y el Emperador japonés Yoshihito firmaron un importante acuerdo de Amistad y Comercio. Este convenio permitió que miles de japoneses emigrasen a Brasil a principios del siglo XX.

Precisamente el país del sol naciente tenía una grave crisis demográfica  (justo lo contrario que ahora) y en Brasil necesitaban mano de obra para las plantaciones. Sólo entre 1917 y 1940, llegaron 164 mil japoneses –la inmensa mayoría al Estado de Sao Paulo– .

La adaptación de los inmigrantes no fue fácil. Había un fuerte choque cultural y un racismo inherente al proceso que sufría Brasil en aquella época. Los latifundistas imponían condiciones leoninas y obligaban a los trabajadores nipones a cumplir sus contratos. Algunos se rebelaron y huyeron.

El acuerdo entre ambos países garantizaba en su primer artículo “paz perpetua y amistad constante” entre sus dos pueblos.  Pero no contaban con la II Guerra Mundial ni con que Brasil se implicaría en la misma tras el ataque de Pearl Harbour declarando la guerra a Japón.

Comenzó en ese momento una persecución a los japoneses que también se reprodujo en muchas naciones alíadas, con desplazamientos forzosos y represión masiva. Se prohibió el uso de la lengua japonesa y cualquier manifestación de su cultura.

La Comunidad japonesa reaccionó de forma divergente.  El nacionalismo exacerbado de la época estaba presente en los inmigrantes. Existía mucha confusión, los rumores y la información fidedigna escaseaban en las zonas rurales, donde muchos ni siquiera hablaban portugués.

Para una parte importante parte de los nipo-brasileños, Japón no podía perder la guerra de ningún modo. Era algo simplemente inconcebible  Por ello, con el anuncio de la derrota se produjo una división en dos bandos. Por un lado, los makegumi (derrotistas), que aceptaron el fracaso en la contienda. Y por otro lado los kachigumi (victoristas) que eran mayoría y que negaban que Japón pudiera ser vencido y seguían defendiendo la continuidad de la guerra y que todo era un montaje.

Dentro de estos últimos, había una facción particularmente nacionalista y extremista llamada Shindô Renmei  (“La Federación de Leales Súbditos”), que en su “conspiranoia” empezaron a tomar acciones armadas para castigar a los traidores o “corazones sucios”.

Este hecho es inaudito. Unos inmigrantes viviendo a miles de kilómetros de su país que se dedican a matarse entre ellos por una guerra ya finalizada. Solo en dos años asesinaron a veintitrés personas e hirieron a ciento cuarenta  y siete. Ninguno de ellos era brasileño.

Mandaban cartas a los sospechosos reclamando su suicidio (a través del “seppuku“). Si no aceptaban eran ejecutados sumariamente delante de sus familiares, con katanas o disparos. La impunidad de la que gozaron provocó que creciesen sus células y miembros, hasta que el gobierno brasileño les puso freno con una persecución implacable. Merece la pena leer su historia.  (Ver artículos citados al final)

El último asesinato fue en 1947. Aunque el tema es bastante desconocido en Europa, en Brasil incluso ha inspirado una película llamada “Corazones sucios“, y escribiendo este artículo acabo de ver que se ha publicado el primer libro en castellano sobre el tema  «Japón ganó la guerra» de Jesús Hernández.

La tendencia de la inmigración cambió en los años noventa y muchos nipo-brasileños empezaron a retornar al país de sus padres. Se les facilitó la entrada con la finalidad de aliviar la escasez de trabajadores en profesiones sin demanda laboral. Siempre hace falta carne de cañón.

Este fenómeno entre dos países y culturas tan diferentes resulta fascinante.  Como afirma Hector Tomé en la Revista Cultural Ecos de Asia “Brasil es, sino el más, uno de los países con mayor mezcla étnico-cultural que existe, mientras que Japón ha sido clásicamente un ejemplo de hermetismo. Y ambos han cargado con el lastre del racismo y la limpieza étnica en su historia reciente. La emigración de ida y vuelta que han compartido japoneses y sus descendientes (nikkeis) es uno de los pocos ejemplos de exilio que encontramos en su cultura […] lo que podría arrojar luz sobre la problemática de los movimientos poblacionales y las responsabilidades que acarreamos hacia ellos.”

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